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17/07/2019
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Bután y su condenable violación de los derechos humanos

El Reino de Bután es un pequeño país (apenas 40.994km² y una población de menos de 800.000 habitantes) situado en la Cordillera del Himalaya, el cual limita al Sur con la India y al Norte con el Tíbet (un país invadido por China en 1959 y colonizado por la fuerza).

Pese a su precaria situación entre dos gigantes, ha logrado mantener su independencia gobernado por una monaquía constitucional desde su capital, Timbu. Esta independencia se logró gradualmente durante el siglo XX desde la elección de un rey por una asamblea compuesta por monjes budistas en 1907, hasta la creación de un Consejo Real Consultivo en 1965, la formación de un gabinete de gobierno en 1968 y la admisión a las Naciones Unidas en 1971.

Aunque la cultura budista ha sido predominante a través de toda su historia, el pacifismo proverbial del budismo no se ha reflejado en la hostilidad desatada contra las minorías cristiana y nepalesa, a las que ha violado y sigue violando abiertamente Bandera de ButánBandera de Butánsus derechos humanos.

La cruda realidad de esta agresividad contra las minorías en su territorio contradice la iniciativa del rey Jigme Singye Wanhuck en 1972, quien propuso entonces a las Naciones Unidas la creación de un índice de Felicidad Nacional Bruta (FNB) para medir la calidad de vida, para reemplazar las mediciones del Producto Interno Bruto (PIB), a fin de no concentrar los análisis del progreso de cada país sólo en factores económicos sino hacerlo bajo una óptica budista que midiera la igualdad en el desarrollo, la preservación de la cultura, la espiritualidad y la conservación del ambiente, como factores que ayudan a la felicidad de un pueblo.

Notablemente, la participación democrática no sería un factor en este índice de felicidad. Y, lamentablemente, las encuestas para confeccionar este índice desembocaron en la conclusión de que había dos obstáculos para que los butaneses fueran totalmente felices: las minorías nepalesa y cristiana. En consecuencia, durante la década de los 80, la policía comenzó a actuar, obligando a los nepaleses a firmar documentos en los que renunciaban a sus propiedades y a su ciudadanía.

El siguiente paso fue iniciar un proceso de purgas y expulsiones, y en los años 90 comenzaron las redadas y la limpieza étnica. El Gobierno quería, sin embargo, no manchar su índice de felicidad: las purgas y las expulsiones no podían entristecer a los perseguidos. Según una víctima nepalesa: «la policía nos obligaba a firmar la deportación y a sonreír ante las cámaras para que nadie dijera que nos íbamos a la fuerza». Hasta el momento, más de 120 mil butaneses de origen nepalés han sido expulsados del país.

A los cristianos (poco más de 20.000 en 2018) les ha ido peor, porque son nativos y no hay donde expulsarlos. Bután hoy día está entre los países en que es más difícil practicar otra religión que no sea el budismo. Los cristianos no pueden establecer iglesias y deben rezar en su casas. Ellos señalan que, si las autoridades notan cualquier actividad religiosa, son despedidos de sus trabajos y desposeidos. Un líder religioso que oculta su identidad por miedo a las represalias declara que, sin embargo, el Cristianismo sigue creciendo en el país y que en su expansión: «Es pionero en cierto sentido, como las iglesias en los días de pentecostés … no hay pastores ni líderes teológicamente capacitados. Los que dirigen son laicos. Todo se hace en hogares, grupos muy pequeños, no muy estructurado».

Más recientemente, la armonía y la tranquilidad del país se verían comprometidas con las primeras bombas terroristas en la capital, Timpu y en tres otros sitios. Convenientemente, el Gobierno acusa ahora de estos hechos a los butaneses con antecedentes étnicos nepaleses que están refugiados en Nepal o la India, para justificar más redadas y expulsiones.

Bután es un país muy pobre y ya no es tan feliz. La lección que están aprendiendo es que la felicidad y los deseos de la mayoría, sin respetar los derechos de las minorías, los está llevando a una mayor miseria y a un estado de inestabilidad.

Es una trágica realidad que la persecución contra los cristianos está creciendo más rápido en países del sur y sureste asiático, según se desprende de la Lista Mundial de la Persecución de Puertas Abiertas. De los seis países cuyo índice de persecución ha crecido más abruptamente en el pasado año, cinco de ellos se encuentra en el sur y sureste de Asia: India, Bangladesh, Laos, Bután y Vietnam. El sexto es Corea del Norte, que vuelve a ocupar la posición nº1 en la lista de persecución de cristianos por decimosexto año consecutivo, llegando a extremos sin precedentes en su hostilidad hacia la religión.