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14/07/2020
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Columnistas invitados/Guest columnists

Trial by Jury or … a Jury of One?

Every night on my TV screen, Alan Shore stands up in defense of a quixotic quest in the "Boston Legal" TV series. Sometimes he defends the clearly guilty; sometimes he protects the innocent. But in each episode full of courtroom magic, he bends the jury to his will.

As a lawyer working in Pakistan, I have no shortage of interesting cases. But it is difficult for me to re-enact my Lahori version of Boston Legal because we have no jury trials in Pakistan.

Interestingly, the case which led to the end of jury trials in the sub-continent was certainly worthy of a Boston Legal episode, if not several.

In 1959, Kawas Nanavati, a commander in the Indian Navy, was stationed at Bombay. Married to an English beauty by the name of Sylvie, and universally described as handsome, the 34-year-old mariner seemed to have it all. Unfortunately for him, his wife was sleeping with his best friend, Prem Ahuja.

On April 27, 1959, Nanavati confronted his wife and learnt of her adultery. Pausing only to sign out a revolver from the Navy’s storeroom, Nanavati then dashed off to Ahuja’s house where his friend was lolling around in a towel. Nanavati asked him if he would marry Sylvie and take care of the children. Ahuja’s somewhat undiplomatic response was blunt:

“Will I marry every woman I sleep with?”

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El capitán Borges, 22 años preso.

El capitán de la contrainteligencia castrista, Ernesto Borges Pérez, fue arrestado en 1998, por intentar pasar información sobre 26 espías que la dictadura preparaba para infiltrar en suelo estadounidense. Un hombre libre, que como otros muchos ciudadanos cubanos, hombres y mujeres, han perdido la salud y envejecidos en la cárcel por defender sus convicciones.

Los cubanos en general, los de mi generación en particular, tienen la dolorosa distinción de haber perdido amigos y conocidos frente al paredón de fusilamiento y la penosa particularidad de saber y conocer  que un número apabullante de compatriotas han estado en prisión, no un año o dos, sino decenas, como han sido los casos de Amado Rodríguez, Roberto Jiménez, Ángel de Fana, Ernesto Díaz Rodríguez y muchos más, que ingresaron a prisión en sus veinte y salieron rondando los cincuenta.

Ejemplarmente esos extensos años de presidio no concluyeron con un linaje específico si tasamos así a quienes fueron acusados de contrarrevolucionarios cuando en realidad lo que trataron, desde Huber Matos a Mario Chanes de Armas, pasando por Armando Sosa Fortuny,  fue impedir que el siempre amenazante marxismo se apropiara de un proceso en el que todos habían cifrado sus esperanzas de una Cuba mejor.

La realidad de que todo cubano puede luchar por los derechos de todos la sustenta el caso de Ernesto Borges Pérez, 1966. Borges, al igual que muchos de los que nacieron en los 60, creyó en la utopía castrista, sumándose a las huestes del flautista de Birán en la certeza de que estaban construyendo una patria justa. El castrismo los manipuló, los usó, a veces, como carne de cañón enviándolo a guerras imperiales al servicio de una potencia extranjera, Unión Soviética, o convirtiéndolos en despiadados verdugos de sus conciudadanos. 

Los esbirros de la dictadura se han ensañado con un joven que asumió a plenitud su prerrogativa de pensar libremente. Borges cumple 22 años tras las rejas, de los cuales, al menos 10, han sido en celdas de aislamiento,  sin ventilación y en la oscuridad. Está casi ciego y tiene otros muchos serios quebrantos de salud.

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La oposición y su programa de gobierno

En la comunidad internacional, la cual drásticamente abandonó la complacencia con la cual veía al régimen de Ortega a partir de la masacre de 2018, siempre se hacen dos preguntas sobre el futuro de Nicaragua. Primero, la capacidad de la oposición para gobernar. Segundo, qué hará la oposición cuando sea gobierno.

A la primera de esas interrogantes, se ha respondido con la firma, la semana pasada, del documento fundacional de la Coalición Nacional. Por encima de las precariedades organizativas que pueda tener ese esfuerzo, que no guarda mucha diferencia con la Unión Nacional Opositora (UNO) de mediados de 1989 y que dio origen a la transición democrática, es un buen principio para empezar a configurar la capacidad de un futuro gobierno.

A la segunda de esas interrogantes, en cuanto al programa del futuro gobierno, hemos tratado de responder con el último capítulo del libro Nicaragua, el cambio azul y blanco, que presentamos virtualmente al iniciar esta semana. Ese capítulo, después de analizar la naturaleza de la crisis desde diversas perspectivas temáticas, tiene el sugerente título Democracia y justicia: la nueva Nicaragua.

El capítulo está construido en base a tres documentos que elaboran un perfil de la nueva Nicaragua. El primero, es de la Alianza Cívica por la Justicia y la Democracia (ACJD) titulado “Diez puntos: el momento de la unión es ahora”, de 2019. El segundo, de la Unidad Nacional Azul y Blanco (UNAB), del mismo año, nombrado “Veinte puntos que nos unen para una nueva Nicaragua”. Finalmente, el documento, también de 2019, designado “Quince puntos, construyendo una visión de nación”, del Consejo Superior de la Empresa Privada (COSEP).

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Los Comunismos

La primera vez que busqué el significado de la palabra comunismo lo hice en un pequeño diccionario de bolsillo que tenía mi madre. Para mi sorpresa, detrás de los dos puntos había una sola palabra: hambre. Eso ocurrió a mediados de 1959, cuando todavía no circulaban en Cuba los manuales de marxismo-leninismo producidos en la Unión Soviética.

Una década más tarde participé con entusiasmo en las discusiones universitarias donde se debatía si el comunismo triunfaría primero en Francia, Alemania, Inglaterra o Estados Unidos. Éramos jóvenes e ingenuos y deseábamos lo mejor para la humanidad, incluyendo la paz mundial, el amor libre y ese chorro lleno de bienes materiales que permitiría a cada cual recibir según sus necesidades.

Quizás por los efectos retardados de aquellas intoxicaciones intelectuales, cada vez que escucho o leo a alguien comentar sobre los problemas del comunismo en Cuba, tengo el impulso de argumentar que este país está muy lejos de instaurar el sistema social que lleva por nombre comunismo, pero hacer semejante aclaración suele confundirse con la defensa del sistema. Es como si se dijera "¡Ya quisiera Cuba vivir en el comunismo!".

En El capital Carlos Marx advertía que el comunismo sería "una forma superior de la sociedad cuyo principio fundamental es el desarrollo pleno y libre de todos los individuos", donde el trabajo se convertiría en la primera necesidad vital de los ciudadanos. Detrás de esa aseveración propagandística se supone que había una base científica respaldada por el descubrimiento de "la contradicción entre el carácter social de la producción y la propiedad privada sobre los medios de producción".

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Why Marxism Now?

The way of civilization is paved with the recumbent gravestones of dead religions. How is it, then, that Marxism, which meets most if not all of the qualifications necessary for religious designation, survives after nearly two centuries of false prophecies, failures, and a history of enormous atrocities? Two years ago, as the editor of Chronicles: A Magazine of Culture, I published a brilliant essay by the late Claude Polin, Emeritus Professor of Political Philosophy from the Sorbonne, that tackles this difficult question (“Marxism: Why the Liberal West Can’t Avoid It,” June 2018).

Polin begins by observing that no one doubts that Marxism has passed its zenith and is destined for the oft-invoked dustbin of history. And yet, he adds, Marxism has clearly not been “erased” from the Western mind. “It is not,” he writes, “so much that a few communist parties linger here and there; it is, much more decisively, that Marxism has not stopped hovering over significant parts of our intelligentsia and our Western youth, who seem rather fascinated by the Marxist rhetoric, not to mention the surprising number who regret Stalinism.” “Marxism” was Claude’s last published article; he died at his home in Paris two months after it appeared in print and before he could complete a complementary essay on the indispensability of Christianity and Christian thought to Western society, and a year and a half before the events of the first seven months of 2020 proved his thesis so spectacularly right.

Polin finds it strange that while regimes inspired by Marxist theories have been many times condemned, Marxist doctrine itself, like Marx himself, has never been “indicted.” Why, he asks, should that be so? Why has Marxism imprinted Western thought to the extent that it has? And why has communism never been put on public trial, as National Socialism was immediately after the defeat of the Third Reich? “Whatever the reason for Marxism’s survival, it is the reason for that reason that must be discovered….”

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